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Profesor Universidad de San Agustín y Escuelas Públicas de Chicago, USA

Perfil

Alejandro Ferrer Fernández Profesor Universidad de San Agustín y Escuelas Públicas de Chicago, USA

Publicaciones:
• "Cuentos de la Patagonia" Editorial Esperante, Northeastern Illinois University, Chicago 1996
• Cuentos publicados en revistas literarias de Chile, USA, México, Costa Rica y España
• Historias de lectura en español, Edit. Scott Foreman, Illinois, USA Cinematografía
• Guión y Dirección de DVD "Momentos de Alturas" Magallanes, Chile, 2003
• Guión y Dirección largo metraje "Fingere", 1era. película natalina, 2009

Pinturas:
• "El Génesis de América" (10 x 2 metros) Kanoon Magnet School - Chicago, 1984
• "Madero" óleo, Columbia Explorers School - Chicago, 2003
• "Salvador Allende" acrílico, colección privada. 1991.
• Diseño y creación de la maqueta "México Tecnochtitlan" (6 x 10 metros)

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Los muros tienen la palabra

Publicado: lunes, 30 de enero de 2012 - 16:37 hrs.

(‘Les murs ont la parole’ - Francia, 68)


Las murallas, la pared blanca, el tronco de un árbol —para los enamorados— y ahora el ‘screen’ de una computadora… tienen ese qué sé yo ¿viste?

Nos invitan a expresar, a raya limpia o a grito destemplado, nuestras curiosidades, afectos, y también nuestras indignaciones (que no son pocas).

¡Qué hermosas superficies! Están por todas partes, sin mácula, lisitas, brillantes como bola de perro, dirían los ovejeros; eso sí, marcadas por el designio de la manzana bíblica, que no es otra cosa que la vieja e irresistible tentación a meterles mano.

Frente a un muro, especialmente en los tiempos que nos ha tocado vivir, uno se pregunta a quién no se le hace agua la boca por empuñar un pincel o apretar un aerosol en las noches clandestinas…

Esta disposición del ser humano por manifestarse no es tan nueva como pueda creerse: nos viene de la prehistoria. Aunque parezca una contradicción, hay quienes aseguran que el hombre ya escribía mucho antes de la invención de la escritura.

Y las evidencias son contundentes:

Es cosa de ponerse a mirar y admirar las paredes de la “Gruta Fell” o de la “Cueva de las Manos”, aquí en la Patagonia, donde las rocas nos hablan con bellos dibujos que sin duda representan un claro deseo por comunicar algo.

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Me gusta pensar que esas dramáticas manos bien podrían ser gritos de protesta contra el olvido:

“Señores turistas, sepan que yo viví”; “Toda comida se comparte”; “A los niños los queremos como propios”; “Aún no tenemos dioses, pero pronto los crearemos”.

Fueron los sumerios (el vapuleado Irak de hoy) quienes consolidaron la escritura y con ello el comienzo de la Historia. A partir de aquel momento —5 mil años atrás—, existen registros que nos permiten conocer jugosas anécdotas sobre la fascinación del hombre con la escritura. Como ésta que es poco conocida (creo):

Hace ya algún tiempo cayó en mis manos de estudiante “La historia verdadera de la conquista de la Nueva España” del cronista de Indias Bernal Díaz del Castillo.

Este asombroso libro consigna que en 1521 Hernán Cortés —piojo resucitado y primo de los más limpios: los Pizarro del Perú— fue testigo y víctima de los primeros graffitis de América en las propias paredes de su casa.

Sucedió que el conquistador —que había ofrecido el oro y el moro— al término de la batalla de Tenochtitlan se atrevió a pagarles a sus soldados con “semillitas de cacao”.

—¡Joder… semillas de cacao? —se habrán preguntado los Venancios, Amandios o Manolos de aquellas jornadas bélicas mientras miraban incrédulos las pepitas de marras en sus manos.

El anciano cronista Bernal Díaz no menciona los nombres, pero sí los hechos: uno de los guerreros de Cortés, seguramente doblegado por la tentación de aquellas paredes blancas, escribió en verso durante la noche:

“¡Oh, qué triste está el ánima mea,
hasta que el oro no vea!”


A lo que con toda desfachatez el capitán español simplemente respondió: “Pared blanca, papel de necio”.

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Y como los rayados murales continuaban, días más tarde congregó a sus huestes y a grito limpio les ordenó que cuidaran sus bolitas de chocolate y que “No escribieran maldades y abandonaran la práctica pues castigaría a los ruines desvergonzados” (y ya se sabe el tipo de castigos que solía infringir el Marqués del Valle de Oaxaca).

Esta anécdota del siglo XVI pareciera reciente si se la compara con otra que me contó mi amigo, el poeta Mauricio Feller:

En el año 1800 antes de Cristo se produjo lo que bien podría ser la primera huelga en la historia de la humanidad.

Sucedió en Egipto durante la época de la construcción de pirámides.

El enorme número de trabajadores involucrados en aquel megaproyecto recibía al día, entre otros beneficios, una cantidad significante de cabezas de ajo. Al recortar el Faraón la distribución de este apetecido producto, los trabajadores suspendieron sus labores y algún escriba se atrevió a plantear las quejas.

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El documento escrito en papiro y encontrado en las cercanías de la
necrópolis de Saqqara manifestaba lo siguiente:


“Señor Faraón, exigimos la normalización
del suministro de ajo a todos los trabajadores
y un bono especial de 50 cabezas por familia”.



Ni más ni menos lo que podríamos llamar “La huelga del Ajo”, que entre paréntesis me hace recordar la protesta del dirigente sindical natalino Osvaldo Bustamante contra la Explotadora de Tierra del Fuego exigiendo “3 papas corailas en la sopa en lugar de 2”.

El recordado Osvaldo, no sólo le torció la muñeca a los señores de la Explotadora, sino que también se ganó (¡y de por vida!) el sobrenombre heredable de “Tres Papas”, y el cariño de miles de esquiladores, ovejeros y campañistas, quienes bien saben —y esto es pura matemática— que una cazuela es más contundente y sabrosa con tres papas que con dos.

Pero volviendo al ajo, se me ocurre que habría que seguir escarbando en el desierto en busca de la respuesta al desafío del escriba egipcio. Mientras esto no suceda, tendremos que conformarnos con dos tipos de finales hipotéticos para esta historia:

1. El Faraón reprimió —a lo Hinzpeter— a los trabajadores, o…

2. Los trabajadores recuperaron su cuota de ajo; ganaron la huelga, y las pirámides se construyeron para beneficio de los miles de turistas que hoy visitan Egipto y se sacan fotos montados en camellos.

Me inclino por esta última opción.

La extraordinaria relación de los egipcios ahondó aún más mi curiosidad por conocer otras historias que pudiesen resultar interesantes.

En momentos así es cuando uno más aprecia las posibilidades del Internet en cuanto a fuente de información inagotable. A poco de navegar me encuentro con los “compañeros” chinos que allá por los años cincuenta —Mao mediante— se atrevieron a graffitear algunas críticas que tuvieron corta duración.

“Al camarada Jiang le cantan los pies cosa mala”, decía uno de esos que seguramente no le gustó nadita al “camarada” nombrado.

Por supuesto que al día siguiente apareció en el mismo mural una lacónica advertencia:

“Lo estáis haciendo bien, pero no os paséis”.

Estos intentos autocríticos pararon ahí mismo; sin embargo, sirvieron de ensayo para lo que vendría más adelante: el famoso “Muro de la Democracia” durante la Revolución Cultural, y cuyas denuncias le costaron a más de uno pasearse por las calles con humillantes cucuruchos sobre la cabeza antes de partir a sembrar arroz en los campos o a pelar papas en las cocinerías.

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Y ya que mencionamos a Mao Tse Tung, es bueno recordar que China fue uno de los primeros países en reconocer la DICTADURA de Pinochet; es más, a los pocos días del golpe expulsó al embajador de Allende, el poeta Armando Uribe. En Santiago, la embajada de Mao cerró sus puertas a los perseguidos políticos y en las Naciones Unidas jamás apoyó las acusaciones que denunciaban los crímenes de lesa humanidad cometidos por el DICTADOR. ¡Exijo una explicación!, diría Condorito.

Bueno, para terminar digamos que en realidad el tema del encantamiento de los seres humanos con la escritura da para decenas de libros, ensayos, artículos o columnas apuradas, como ésta.

Permítanme retirarme con una de las sentencias más extraordinarias que he leído últimamente y que bien merece replicarse en todos los muros de los países —como el nuestro— atacados por la voracidad neoliberal.

Viene de la mano del gran poeta Nicanor Parra:

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Y va de novela… (otra vez).

Publicado: martes, 02 de agosto de 2011 - 11:05 hrs.

Varios amigos “me han pedido” publicar otro capítulo de la novela inédita El país de los árboles torcidos (“¡Qué chamullento eres!, me reclama mi propia conciencia).

Así es que con mucho gusto, ahí les va el capítulo XI, acaso el más cursi de todos.

Para mejor comprensión, digamos que sirve para presentar a uno de los personajes de la novela, el maestro anarquista Vicente Guerrero, que tiene un parche negro en el ojo, y será uno de los líderes de la famosa toma de Puerto Natales a comienzos del siglo veinte.

No sé si será necesario insistir en que todo esto es pura ficción (mentiras) y que no servirá de mucho a aquellos puristas de la historia.

Capítulo XI:

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa



Me acuerdo como si fuera hoy: el tren en marcha me dejó envuelto en una nube de humo, así es que al cabo de un rato, a medida que el vapor se disipaba, fui apareciendo.

Recién entonces el guardagujas me pudo ver con mi sombrero blanco, la gabardina anacrónica y una maleta que de tan flaca apenas se mantenía derecha. Me quedé ahí por un rato observando el paisaje y, claro, viendo lo que vi, no me fue difícil convencerme de que había llegado al lugar más apacible del país.

La campiña del centro de Chile, ha de saber usted, ofrece un silencio vespertino y un aroma a campo puro que provoca sentimientos de paz indescriptibles. Para serle sincero, aquello parecía un plagio de las malas canciones folclóricas, esas cuyas letras privilegian el estereotipo a la poesía: vi carretas, sauces llorones, campos de trigo, un chorrillo cantarín que serpenteaba el poblado y rosales que mordían las piernas de los trenes. Y ni qué decir de esas casas blancas de tejas rojas, pródigas en pájaros y flores; y por supuesto, de su horizonte invisible aplastado por la cordillera de cimas amerengadas.

Ahí mismo se me ocurrió que podría enseñarle a mis alumnos el verbo merengar. ¿Existiría?, me pregunté. Habría que buscarlo en el diccionario. En realidad, qué poco sabemos los seres humanos, ¿no cree?

«¿Dónde podría encontrar al señor Subdelegado?», le pregunté al guardagujas mientras me sacudía el resto del humo y estiraba la gabardina arrugada por tantas horas de tren.

—En este pueblo, el Subdelegado, el Jefe de ferrocarriles y hasta el Comandante de bomberos es la misma persona: un servidor —me respondió mientras cerraba la ventanilla de venta de boletos y salía hacia el lado del público por la puerta plomiza con la mano extendida para saludarme—. ¿En qué puedo servirle?

«El Ministerio me mandó a educar niños, y mi nombre es Vicente Guerrero —le dije—, y traigo instrucciones de reunirme con usted, señor Subdelegado, porque no tengo dinero y los sueldos ya llegarían. ¿Así es que es Comandante de bomberos? ¿Sería posible que yo también fuese bombero...? ».

—Lo estábamos esperando, maestro —me dijo el Subdelegado, y mientras caminábamos rumbo a la pensión, me fue explicando que mi venida había sido producto de las influencias en la capital de don Edmundo Bengoechea, «El dueño de toda esta belleza», agregó.

—¿Incluyendo la cordillera de los Andes? —le pregunté un poquito por joder.

—Incluyendo la cordillera de los Andes —respondió con toda seriedad—. Además, es importante tener presente que Don Edmundo es un hombre muy generoso: decidió que los hijos varones de sus inquilinos asistieran a la escuela para transformarlos en hombres útiles a la sociedad. ¿Qué le parece?

—Me parece muy bien —respondí aún atolondrado por el viaje.

La verdad es que a estas alturas todo me parecía bien; hasta la pensión donde me había dejado el guardagujas, que mirando bien las cosas era una porquería: tenía las ventanas rotas, estaba llena de ratones y las gallinas se paseaban por la casa con absoluta libertad.

Pero tenía sus cosas positivas: la dueña era una mujer buenísima que me hacía recordar a mi madre; además, su hija, la Rosita, había sido muy amable y me había ayudado a subir la maleta al dormitorio. Me pregunté cuántos vidrios faltarían en aquel cuarto; o mejor dicho, ¿cuántos no faltarían?, pero no me atreví decir nada.

—Gracias, Rosita —le dije a la muchacha.

—Para servirle, Vicente —me respondió con una sonrisa tan dulce como los duraznos que se veían desde la ventana. Pero, eso sí, me quedó una duda: ¿me había movido el culito intencionalmente al cerrar la puerta o estaría soñando?

El Subdelegado vino a buscarme al caer la tarde, a esa hora en que los merengues de las cimas de las montañas se veían rojizos. Don Edmundo quería conocerme y nos estaba esperando con unas costillitas de cordero lechal, papas asadas, ensaladas de tomate con cebolla, un flan hecho con leche fresca, y, por supuesto, vinos de su propia bodega que embriagaban de sólo olerlos.

—Mire, Vicente, todo esto que usted ve no me lo dieron envuelto en papel de regalo —dijo don Edmundo a los postres, interrumpido únicamente por las cucharadas de flan con rompope que se echaba a la boca—. Cada árbol, cada campo, las viñas —cucharada—, los trigales, todos esos limoneros y siembras que tanto le gustaron, todo, todo, vienen de estas manos.

Aquí invertí mi vida mi juventud, mi inteligencia, mis descansos; mi pasado y mi futuro —cucharada—. No hay un rincón en este lugar que no esté bautizado con la sal de mi sudor: que si la iglesia, que si la estación del tren, la compañía de bomberos, el retén de la policía —cucharada—; que si el Juez Civil para legalizar los polvos de estos fornicadores que traen hijos al mundo como si vinieran con una marraqueta bajo el brazo, que si la escuela...

—Perdone la interrupción, don Edmundo; ¿y qué pasó con el maestro anterior?

—¿El maestro anterior? Ah..., se murió, Vicente, se murió.

—Ya veo... —dije por decir algo.

—Como estábamos hablando, todito me lo deben; pero, claro, a mí no me gusta andar publicando estas cosas, usted comprenderá; pero, fíjese que para mí lo más importante es la educación de los muchachos. Hay que romper ese círculo de ignorancia y derrota que afecta a sus padres; porque estos inquilinos son como niños acostumbrados a que uno haga todo por ellos, ¿sabe?

—Tiene toda la razón, don Edmundo —interrumpió el Subdelegado que había estado callado durante la cena.

—¿En que sentido tengo razón? —el terrateniente le preguntó sin mirarlo.

—En todo sentido, don Edmundo —respondió ruborizado—. Estoy de acuerdo con sus planteamientos.

Entonces, don Edmundo le clavó los ojos sin sonreír, y como conocía los comienzos humildes del guardagujas, aprovechó la oportunidad de recordárselos.

—He aquí, Vicente, un buen ejemplo de lo que quiero decir —indicó levantando el mentón hacia el Subdelegado—. A éste lo recuerdo de niño, con los mocos colgando y sin zapatos, y véalo ahora. No sé si usted lo sabía, pero es Subdelegado, Jefe de Ferrocarriles... Y todo gracias a la educación que le di, ¿exagero, señor Subdelegado?

Sentí que mis testículos estaban a punto de estallar. Hacía rato que me sentía molesto y no adivinaba exactamente por qué. Ahora ya lo sabía: durante las dos horas que llevaba en ese palacete de mal gusto, lo único que había escuchado era un constante e incansable, yo, yo y otra vez yo, de ese señor feudal de mierda, reyezuelo de provincia, que ni siquiera había tenido la decencia de preguntarme algo. ¡No había demostrado el más mínimo interés por saber algo de mí! Habló y habló sin interrupción durante toda la cena y la verdad es que yo no estaba de acuerdo con nada de lo que decía. ¡Nada! ¿Quién les daba derecho a estos miserables de hablar hasta por los codos? ¿Acaso el dinero les mejoraba la inteligencia?

—Con todo lo que usted ha hecho, seguramente la gente debe adorarlo, don Edmundo, ¿no? —le pregunté con mala intención porque adivinaba que a ese caudillo no lo quería ni su propio perro.

—Para serle sincero, no lo creo —me sorprendió con su respuesta.

—¿Cómo así?

—La gente no me quiere. Nadie me mira a los ojos, Vicente; y si alguna vez lo hacen, llego a sentir un escozor en la espalda. Es algo que nunca he entendido. ¿Les gusta el café?

—Mucho, don Edmundo —interrumpió el Subdelegado.

—Mucho —repetí yo, francamente entusiasmado por esa fragancia que impregnaba el comedor.

—Es café carretero, muy fácil de preparar —me dijo—. Todo lo que hay que hacer es poner el café en agua fría, sumergirle las brasas hasta que hierva y después colar el contenido; eso es todo. Así lo toman en la Patagonia. ¿No la conoce?

—No; eso está muy lejos.

—Está lejos y no hay nada de nada; sólo viento y ovejas. Eso sí, es el lugar ideal para esconderse, Vicente. Muchos de los pelagatos que viven por allá son extranjeros fracasados, carroña pura, pero como el gobierno quiere colonizar, a nadie le investigan sus pasados. Pero, volviendo a lo nuestro, le decía que esta gente era desagradecida: les educo a sus hijos, les traigo el médico cuando lo requieren, incluso les he dado, dentro de mis propios campos, terrenitos para que siembren sus cositas, y ¿me creerá usted si le digo que ni siquiera plantan una papa? No, no, no. Este país tiene un problema muy grave: la raza es jodida, Vicente. Yo pienso que hay que seguir trayendo gente de Europa para terminar con la flojera y la altanería. ¿No le parece?

«No, no me parecía, pero me faltaron huevos para decírselo», le confidencié más tarde al señor Subdelegado mientras caminábamos de regreso a la pensión.

El pobre hombre iba sonriendo en silencio, aterrorizado de pronunciarse porque de aquella indigna sumisión dependía su comida. Por fin, después de mucho, me dijo:

—Don Edmundo controla mi vida y la vida de mi familia. Así había sido siempre y así seguiría siendo. Estos terratenientes no sólo mandan en el campo, Vicente, también lo hacen en la ciudad, en el gobierno, en la iglesia, en el ejército y, por favor —me imploró—, esto no lo repita; no volvamos a tocar el asunto. ¿Así es que quiere ser bombero, maestro? ¿Lo había dicho en serio? —me preguntó cambiando el tema.

—Sí —le dije—. Desde niño quería ser bombero. ¿Tienen uniformes?

—Preciosos: chaqueta azul marino, cuello rojo, botones dorados y pantalón blanco; además, casco negro con la escarapela adelante.

Subí a mi cuarto casi levitando para no despertar a nadie. No hubiese sido prudente que en mi primera noche los ruidos incomodasen a aquella familia. Como pude llegué hasta la mesita de noche y tanteé la vela que se erguía en su palmatoria; la prendí, me dejé caer sobre la cama, dí una mirada alrededor y me sentí mejor. Yo no era tan exigente; ya le pondría vidrios a la ventana, unos cuadros por aquí, otros por allá y la cosa mejoraría.

Entonces, antes de dormir, se me ocurrió mirar hacia arriba acaso buscando en el techo el sueño que ya llegaba.

«¡Ay, mamá!» Sentí un escalofrío espantoso en la espalda: colgados de las vigas del techo vi toda una colonia de murciélagos asquerosos que se balanceaban como si estuviesen en el trapecio de un circo. De un salto escapé de la pieza, pálido, desencajado, incrédulo. Recién llegué a controlarme por la mitad de la escalera. «¿Pero qué mierda es esto? ¡Yo no puedo vivir en estas condiciones! ¡Esto es una pesadilla!», me dije.

—¿Qué le pasa, Vicente? —la Rosita me tocó el hombro con mucha suavidad, como tratando de no asustarme; pero yo volví a dar otro salto.

—¡Ay, Rosita; cómo decirle... El cuarto está lleno de vampiros!

—Más bien, murciélagos —corrigió ella con una sonrisa—. No se preocupe; son inofensivos. Véngase que se los espanto.

Y Rosita con toda calma abrió la ventana, se subió a una silla, y con la escoba me espantó los murciélagos.

Pero aquello fue sólo el comienzo de una noche increíble. Pasada la emergencia, nos reímos, conversamos largo rato, nos volvimos a reír, nos relajamos, y cuando nos dimos cuenta estábamos besándonos como locos en la cama. Ya sé, compañero, que estas cosas no pasan todos los días; pero créame, la muchacha me ofreció una y otra vez ese cuerpo magnífico que olía a duraznos.

Dormí como no lo había hecho en años, igual que esos niños que han tenido un día de juegos; al despertarme, si no hubiese sido porque todavía tenía el cuerpo marcado con el rojo de sus labios, hubiera creído que lo de Rosita había sido un sueño. Pero no, ahí estaban las evidencias.

Lo primero que hice en la mañana fue reemplazar con cartones los vidrios que faltaban en la ventana. «No más vampiros en mi pieza, carajo», me dije y bajé al comedor.

La Rosita ya se había levantado y me esperaba para servirme el desayuno. Aquello fue un verdadero festín: pan amasado con chicharrones, mantequilla casera, nata fresca, café con leche.


«Hoy de nuevo, ¿ya?», le dije quedito aprovechando que la buena de su madre había ido a la cocina en busca de la mermelada.

Ella me respondió con una sonrisa cómplice.

Me fui a trabajar, como quien dice, con el estómago lleno y el corazón contento. No podía creer que había encontrado el lugar más perfecto del país. «Algo tendrá que fallar», alcancé a decirme, y aquella frase resultó premonitoria: no pude encontrar la escuela por ningún lado; lo que encontré fue un galpón sin ventanas, con un pizarrón quebrado y descolorido, sin bancas, ni espacio para albergar al centenar de chiquillos que me miraron asustados, bien peinaditos, humildemente vestidos y casi todos sin zapatos.

Los saqué al camino y los alineé por estatura. Le dije a los más petizos que entraran y a los más grandes que volvieran por la tarde. Entonces, sin más pérdida de tiempo, les enseñé lo que pude a pesar de que no tenían libros, lápices, ni nada. Ya pondría a prueba la tan cacareada generosidad de don Edmundo.

A la hora de la cena, me peiné bien y con mi mejor camisa me senté a la mesa para que la Rosita me sirviera, pero ella no apareció y yo no me atreví a preguntarle a la madre para evitar sospechas. «¿Dónde habría ido? Qué cosa tan extraña...».

Comí en silencio y luego salí a recorrer el pueblito.

Como imaginará, no había mucho que ver: el cuartel de bomberos, un par de oficinas públicas, la iglesia de madera, una pulpería donde se vendían aspirinas, monturas para caballos, clavos, calendarios y cualquier otro producto, así fuese el más rebuscado, todo de propiedad de don Edmundo, por supuesto.

Guiado por los sones de un acordeón y unas voces plañideras, descubrí la única cantina del lugar. ¡Vaya sorpresa! Me recibieron con los brazos abiertos; todos sabían que era el nuevo maestro. Se prodigaron las bienvenidas y, claro, los vasitos de aguardiente, mistela y vino que yo aceptaba sin medir las consecuencias.

Muy pronto comencé a sentirme ingrávido, como si mi espíritu se hubiese liberado de sus pesos y complejos. Pedí el silencio que se merecía Rubén Darío, porque ha de saber usted que me gusta mucho la poesía, y comencé a recitar los poemas del bardo inmortal que los parroquianos celebraban casi con lágrimas en los ojos:

«¡Ay! la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina,
quiere ser mariposa...».

Fui el último en abandonar la cantina.

Como pude salté el chorrillo cantarín que serpenteaba el pueblo y me puse a caminar hacia la pensión, cuando de pronto tres sombras aparecieron de la nada.

—La Rosita se mira, pero no se toca ¿oíste? —me dijo una de las sombras.

—¿La Rosita... qué?

—¡Que la Rosita no se toca, poeta de mierda! —y me soltaron un palo a la cabeza, sin piedad, acompañado de un aluvión de empujones y patadas que aceleraron mi caída.

Desperté ensangrentado, con el ojo izquierdo hecho una plasta, sin saber si los mareos eran por los tragos o por la paliza que había recibido. ¡Qué cosa! ¿Qué no era éste el lugar más apacible del país? En una noche había vivido el peor de los absurdos: de héroe de cantina, festejado y aplaudido, había pasado a poeta de mierda, vapuleado sin misericordia por tres malditas sombras.

A pesar de no tener los pensamientos muy claros, comprendí que lo más prudente era largarse cuanto antes de ese lugar donde se comía cordero lechal a cambio de horas de egolatría; se dormía con murciélagos y se terminaba la jornada con el lomo hecho una miseria.

¡Qué lejos y difícil me pareció el camino de regreso! Sin preocuparme esta vez por los ruidos, subí como pude a mi dormitorio.

La Rosita me esperaba: «¡Dios mío, que te han hecho! », y comenzó a lavarme las heridas.

—¿No tienes otra cosa que decirme, Rosita? —demandé.

La muchacha no se pudo controlar; por largo rato lloró con gran sentimiento. Yo seguía sin entender lo que estaba pasando. Por fin, se calmó y me mostró su espalda marcada por golpes brutales recibidos una y otra vez.

—¿Quién hizo esto?

—Don Edmundo Bengoechea. Ese maldito que me ha robado la vida desde que era una niña.

—No entiendo...

—A la fuerza me hizo suya a los catorce años y siguió haciéndolo cada vez que le daban ganas, tal como lo había hecho con otras muchachas.

—Maldito terrateniente. ¡Me dan ganas de matarlo, Rosita!

—No es necesario —dijo y bajó la vista—: Esta noche le partí el corazón con un machete —y volvió a llorar.

La abracé, con cuidado, contra mi pecho y nos quedamos largo rato escuchándonos las respiraciones adoloridas. «¿De verdad que lo mataste?».

—Se quedó con el machete clavado y los ojos fijos...

—¿Qué vamos a hacer? Pronto descubrirán el cadáver.

—Nada, Vicente. Los voy a esperar hasta que vengan por mí y los enfrentaré. Ya no le temo a nada ni a nadie —dijo la muchacha con absoluta serenidad.

—Te matarían. Esa gente no se detiene ante nada —le dije y me quedé pensando.

Quería ayudarla, encontrar una salida: ella era una víctima más de aquel sistema podrido que regía la vida de la gente humilde en los campos del país...

—Ya sé lo que haremos, Rosita: les dirás que fui yo; que lo maté porque... porque a eso había venido, a vengarme, a cobrar cuentas pendientes. Eso es; les dirás que escapé al amanecer...

—¡Jamás lo aceptaría, Vicente! Bastantes problemas te he ocasionado como para involucrarte ahora en un crimen. No, mi amor; yo voy a enfrentarme a ellos.

—¿Me quieres?

—¡Con toda mi alma! —respondió ella—. Tú eres lo único limpio, decente, que he conocido en mi vida.

—Pues como prueba de amor harás lo que te digo. Yo sé de un lugar donde nadie podría encontrarme; un lugar lejano y seguro donde tú y yo podríamos vivir felices, Rosita. Confía en mí, te lo aseguro.

—¿Y dónde está ese lugar?

—Muy lejos de aquí..., muy lejos.

—Significa que no nos volveremos a ver...

—No, Rosita; significa que algún día viviremos juntos allá —le dije, compañero Venancio Soto, y por meses me vine arrastrando aquella promesa; de un lado para otro, escondido, aunque siempre bajando y bajando hacia el Sur, hasta llegar aquí, a Puerto Natales...

—¿Y ahí termina su historia, compañero maestro? —interrumpió finalmente Venancio Soto que lo había escuchado con interés a pesar de todo el trabajo que tenía.

—No… Terminará el día en que pueda reunirme con ella aquí —respondió Vicente Guerrero y se acomodó el parche negro que le cubría el ojo muerto.
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Llegó la hora de defender el Paine

Publicado: viernes, 22 de julio de 2011 - 17:22 hrs.

“—Oh… este es el lugar más hermoso del mundo.
Sólo falta la mano del hombre moderno:
un par de antenas, unos hotelitos… ¡No, no, no puedo
seguir… Jódanse todos!—.”


Tertuliano Correa, frente a los Cuernos del Paine. Película Fingere. (2005-2009).

http://blogs.radiopolar.com/alejandroferrer/./img/aferrer43_1.jpg

Resulta, mis queridos y desocupados lectores, que la película Fingere terminó siendo premonitoria.

Aunque usted no lo crea, en estos momentos está ocurriendo exactamente lo que más temía Tertuliano Correa, el personaje principal: existe el peligro de que antes de fin de mes se apruebe la construcción de 7 hoteles dentro del Parque Nacional Torres del Paine.

—¿Dentro?

¡Adentro…! —como dicen los Chalchaleros, desconsolado lector.

Se sabe que el gobierno invitó a los empresarios nacionales y regionales a “dar ideas” para desarrollar el turismo e invertir dentro del Parque.

La inversión es de 34 mil millones de pesos y servirá para financiar la construcción de esas 7 monstruosidades, además de otros proyectos.

Ahora entiendo porqué el buen Tertuliano hizo un corte de mangas en la película, frente a los Cuernos del Paine, gritó “¡Jódanse todos!, y escapó alucinado por los caminos de la Patagonia.

Como será de impresentable esta inversión multimillonaria —¡Oh… gratuita ofensa al sentido común!— que Max Salas, el mismísimo gobernador de Última Esperanza, se puso más del lado de nuestro Tertuliano que del lado de su jefe, el señor Presidente de la Republiqueta.

La verdad es que casi, casi, el joven gobernador me ganó el corazón cuando hizo públicas sus aprensiones ante la pretensión de invertir en las áreas protegidas ya que ello comprometería la pristinidad de los lugares.

Y es que ahí está la madre del cordero: los caminantes (que por razones de mercado llamamos turistas) peregrinan desde los cuatro costados de la tierra hasta llegar a nuestro horizonte, el verdadero finis terrae, con el sólo propósito de acercarse a estas bellas catedrales de luz, hielo y piedra en busca de sus propias humanidades acaso disminuidas por las interferencias del neoliberalismo.

(Que quede en claro que el neoliberalismo es la fuerza más destructiva del planeta. Es el verdadero enemigo. El mismo que nos ha conferido, entre otras cosas, el vergonzoso récord de ser una de las naciones con mayores desigualdades de ingresos en el mundo —y eso que hemos tenido cuatro gobiernos de… ¿izquierda? y este quinto, la guinda de la torta, de tendencias gerenciales).

Sabemos, entonces, que los “turistas” llegan aquí a purificarse; a escapar de los malls, del estrés, del plástico, de los hoteles de quinientas estrellas, de las antenas, de los celulares… En definitiva, vienen a reencontrarse con la madre tierra (Mama Pacha) que espera, virginal, a sus hijos para devolverles su verdadera estatura en cuanto a seres humanos, lo cual es bastante decir.

Es extraño que los economistas —tan dados a las tincadas, a la quiromancia del pseudo mercado y a los postgrados— no hayan identificado esta característica tan evidente en quienes nos visitan.

¿Cómo no se dan cuenta que esta gente no viene a solearse, ni a fotografiar ruinas, ni a gastarse el dinero en casinos o en frivolidades?

¿Cómo no se dan cuenta que se trata de viajeros cultos (en general), ecológicos, de profundo respeto al medio ambiente, que llegan a oxigenarse, a codearse con la soledad de los acantilados; a reflejarse en las montañas transparentes de nuestra naturaleza intacta?

Tertuliano, que es más “verdadero” que “real”, comprende —como cualquier weón con dos dedos de frente— que el Paine es “sagrado” en la medida que permanezca prístino, virginal, sin la pezuña “del hombre moderno”.

Quizás fue esto mismo lo que nos hizo afirmar, desde nuestra perenne nostalgia, que “las Torres del Paine son a la naturaleza lo que la Novena Sinfonía es a la música”.

Los gobernantes, los inversionistas, los “emprendedores”, tienen que entender que saturar de hoteles el Parque Nacional es tan sacrílego como agregarle corcheas o semifusas a la obra cumbre de Beethoven, el genial sordo de Alemania.

¡Y es que nadie puede atribuirse el derecho a ensuciar este Patrimonio de la Humanidad y transformarlo en una vulgar copia de Las Vegas o Miami, reconocidos monumentos al gusto cuestionable!

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El destino, la vida o la muerte, el dedo gordo hacia arriba o hacia abajo —como los corruptos emperadores— del lugar más hermoso del mundo, está en manos de un grupo de personas (quiero imaginar que idóneas) compuesto por los Seremis del Medio Ambiente y Bienes Nacionales, Conaf, Sernatur y el Gobierno.

Vale preguntarse si ¿no será demasiado poder en manos de un grupo tan reducido?

¿Dónde está la transversalidad en este caso? (palabra dominguera que aprendí durante las jornadas del gas). ¿Cómo es que el pueblo y sus organizaciones no es bienvenido a participar en la toma de decisiones tan graves, tan importantes?

Bien vale la pena tener presente que una medida de tal magnitud afectará lo humano y lo divino, y puede resultar prácticamente irreversible.

Quizás sea necesario recordar que nadie está inmunizado en contra de cometer errores. Y es que la gente se equivoca. Todos tenemos la capacidad de cometer equivocaciones lamentables (es cosa de leer la historia):

Ahí están los chinos que construyeron su famosa muralla —por cierto muy hermosa— que en definitiva no sirvió para un carajo. O los franceses con su línea de defensa (la Maginot) que no defendió ni un centímetro de Francia, y sólo apuró su propia derrota.

¿Y qué tal el general Pirro —Pyrrhus de Epirus— que ganó todas sus batallas a costa de perder todos sus soldados, debido a lo cual hoy en día nadie quiere “ganar a lo Pirro”?

O en el humilde nivel provinciano, aquel “alcalde designado”, en la ciudad de Castro, en tiempos dictatoriales, que “en un momento de lucidez turística”, pintó —el muy cabrón— los cañones de bronce de los conquistadores españoles de color plateado, tal como se pintan los caños de estufa, para que se vieran bonitos…

Estimados lectores:

La verdad es que nadie está en contra de las inversiones —aún cuando algunos las preferimos estatales, pero eso es otra historia— que permitan desarrollar una infraestructura turística “sana”.

Lo absurdo es que se utilice la inversión para destruir precisamente aquello que se pretende ofrecer. Si uno ha aprendido algo en la vida, convengamos en que casi siempre resulta erróneo cortarle la cabeza a la gallinita de los huevos de oro. ¡Qué vengan pues las inversiones; que llueva el maná del cielo, pero sobre el lugar correcto!

—¿Y cuál es ese lugar, mon ami…?

—Puerto Natales, my friend.

—¿Puerto Natales?

—Précisement, Monsieur!

Que de una vez por todas el nefasto centralismo comprenda que el punto de partida al paraíso, el eje —axis— natural de la industria turística, tiene que ser Puerto Natales.

—¿Qué tal el pueblito del Serrano?

—No. Tiene que ser Puerto Natales, la novia abandonada.

Lograr que los políticos “fuereños” reconozcan esta obviedad no va a hacer fácil; nos va a costar grandes luchas y no menos sacrificios, pero bien vale la pena.

Llegó, pues, la hora de correr la voz; de transformarnos en cancerberos; de denunciar el descriterio; y, por último, de trazar sobre las pampas de coirón —nuestra alfombra dorada y bellísima— la línea del “hasta aquí llegamos”.

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Con el mismo fervor y justicia del Magallanazo,

Con la misma pasión con que los estudiantes se oponen al lucro en la educación,

Con la absoluta solidez y razón de los que quieren un Patagonia sin Represas,

Con la misma resistencia heroica de los que luchan por evitar la destrucción de ese otro paraíso que es Isla Riesco, hoy debemos gritar al viento:

¡ NO A LA CONTAMINACIÓN DE LAS TORRES DEL PAINE !

…Y que el grito paralice a los zopilotes foráneos que desde las escarpadas cumbres del Sur miran con apetito insaciable nuestros pagos.

Hasta ahí lo dejo.
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El país de los árboles torcidos

Publicado: lunes, 06 de junio de 2011 - 11:09 hrs.

“Un autor en su novela debe ser como Dios en el universo, presente en todas partes y visible en ninguna.” Gustave Flaubert

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Hace muchos años comencé a escribir una novela. Ahora les puedo asegurar que se trata de palabras mayores.

En ese tiempo no lo sabía.

Bueno, mejor digamos que no lo había experimentado.

Sí estaba más o menos informado del quilombo que significaba meterse en estos menesteres: había leído cartas de Flaubert sobre Madame Bovary, algunos consejos de García Márquez, Vargas Llosa o los sabios murmullos de Rulfo, pero para mí se trataba de comentarios anecdóticos, cosas que jamás le suceden a los pescaditos de piedra como uno.

Sin embargo, una vez que me aventuré en aquel proyecto, repito, me di cuenta de que realmente se trataba de palabras mayores.

Casi no dormía: me acostaba a la una y a las cuatro estaba con los ojos como el dos de oro. Así no se podía vivir.

Literalmente, por años, no hice otra cosa que pensar en la maldita historia, “la pulpa ficticia” que le dicen; mientras ésta iba y venía a toda hora, sin descanso, como el viento, como las mareas, como la gota de un grifo roto que no te deja dormir.

El hecho es que en el 97 comencé a escribir “El país de los árboles torcidos” —el título me gustó desde el primer día—, y lo hice con tanto entusiasmo y voluntad que logré acumular un chingo de páginas: 175 páginas terminadas, repartidas en veinticinco capítulos.

No obstante, el 2002 me di por vencido.

De esto han pasado nueve años y, a pesar de prometerme cada noche que a la mañana siguiente continuaría escribiendo, ahí sigue la puta novela riéndose a carcajadas de mis pretensiones en uno de esos repugnantes archivos electrónicos.

¿De qué trata El país de los árboles torcidos?

Es la historia mítica de Puerto Natales, desde sus comienzos hasta 1973. No es una novela histórica. Casi todo es mentira; o sea, ficción; y sin embargo, mucho de lo que se cuenta sucedió o por lo menos creo que sucedió; o mejor todavía, me hubiera gustado que hubiese sucedido.

Como homenaje al centenario de vida de Puerto Natales, hoy quisiera compartir uno de los capítulos.

Para que tenga sentido lo que leerán, debo decir que en la novela estamos en 1919 y Natales se encuentra desde hace seis días en poder de los trabajadores del Frigorífico Bories.

La gente sabe que el ejército tratará de sofocar la rebeldía; sabe que los soldados ya vienen en camino “a cazar golondrinas… a cañonazos” como lo había anunciado el coronel Von Franz antes de partir de Punta Arenas. Lo que ignoran es cuándo y cómo se producirá el ataque.

He aquí el capítulo:


Capítulo XV

Los ricos son como perros hidrófobos

A Gamboa no le tomó mucho tiempo construir su barricada al final de la calle Bulnes. Ayudado por un grupo de voluntarios, amontonó bolsas de arena, palos, troncos raídos, carretas, barriles llenos de agua y piedras, muebles y cachivaches inútiles, excepto para la defensa.

<<Por aquí no pasa ni el aire>>, aseguró el catalán desde la parte más alta de aquella montaña fugaz que muy pronto se pondría a prueba.

En el otro extremo del pueblo, en las cercanías de la estación del tren, junto a la playa, bajo la mirada paciente de cisnes y cormoranes, Venancio Soto construyó la suya con la ayuda de ocho yuntas de bueyes dirigidos por un batallón de diestros e imaginativos chilotes que atravesaron un vagón en la mitad del camino y completaron la barricada con lo que pudieron encontrar.

El Alemán y el cojo Mavridis, que estaban a cargo de la defensa del matadero en Puerto Bories, recorrieron todas las posibles entradas o salidas con un grupo de fusileros. <<Si vienen por aquí, nos movemos para allá; y si van para allá, nos volvemos para acá, así hasta que se nos acaben las balas>>, dijo el griego y el Alemán asintió.

—¿Y qué hacemos cuando eso suceda? —pregunto alguien.

—¡Pues les daremos la guerra a mordiscos, carajo!

La vida del pueblo había comenzado a recuperar s u normalidad a pesar de que se sabía que de un momento a otro los militares intentarían retomar el pueblo. Los obreros municipales reestablecieron la noble tarea de retirar de las casas los barriles excrementicios y la basura acumulada, porque <<una cosa es vivir en libertad y otra enterrados en la mierda, compañeros>>, aseguraban.

Los carniceros afilaban sus cuchillos y repartían carne gratis siguiendo aquello de “¡A cada quien de acuerdo a su necesidad, libertarios!” publicado por el Comité de la Carne en panfletos autorizados por Venancio Soto y que se pegaban con engrudo en las paredes del municipio.

Además de la carne, el otro alimento fundamental, las papas, no constituía mayor problema ya que casi todos tenían melgas bien protegidas en el patio trasero de sus casas, con lo cual la alimentación estaba asegurada. Las mujeres gustaban decir que habiendo carne y papas, estábamos al otro lado.

Mientras tanto, entre los solteros, corría la voz de que la lujuria volvería a dominar las noches de parranda ya que las meretrices harían sus cositas por amor ahora que el dinero estaba obsoleto (aunque eso estaba por verse).

En la escuela se improvisó el nuevo programa de estudios que enfatizaba los valores del trabajo, el humanismo y el libre albedrío; y, a pesar de las pretensiones de los niños, se mantuvo, por ahora, la vieja gramática de la Real Academia con sus acentos y pesadillas. También, los comerciantes abrieron sus tiendas, tímidamente, curiosos por saber hasta dónde era verdadero aquello de que el dinero era cosa del pasado, y el padre Bruno, ya en libertad vigilada y más o menos recuperado de las patadas y del aburrimiento de cinco días en la cárcel, se atrevió a casar una pareja, bautizar dos críos y cantar su misa de mediodía sin bostezos.

—¡Cómo se atreve usted! ¿Quiere volver a la capacha? —le espetó uno de los rebeldes desde su acento rumano.

—¿No que somos libres de hacer lo que se nos dé la puta gana? —respondió el cura desafiante, y el ácrata sorprendido se alzó de hombres, movió la cabeza, y se fue a trabajar a la barricada de la calle Bulnes.

En la imprenta, las manos temblorosas del linotipista produjeron nuevos comunicados que llamaban a los jóvenes revolucionarios a integrarse a las barricadas; y, como todo no podía ser tan dramático, se invitó al pueblo a “cortarse las uñas y sacarse las espuelas, que esta noche es la gran velada seguida de baile en el local del Socorros Mutuos”.

La Sociedad de Socorros Mutuos tenía su sede en una esquina diagonal a la plaza de armas. Era una construcción más larga que ancha, de madera machihembrada, forrada de latas para enfrentar los inviernos. Contaba con un entarimado que servía para hacer discursos y acomodar las orquestas en tiempos de baile. Sin contrapeso, era el centro de reuniones más popular del pueblo.

Al caer la tarde, sus salones iluminados con decenas de lámparas de kerosene resultaron insuficientes para acomodar a tantos hombres y mujeres emperifollados con los trajes y vestidos repartidos en la estación del tren el día de la toma del pueblo.

Venancio —¿habría alguien más cansado que él?— hizo acto de presencia más que nada para escuchar "Las rojas banderas” de Mayakovski, que su Lucrecia declamó como en los mejores tiempos de la Federación Obrera de Punta Arenas. La estuvo observando con orgullo, casi con presunción, y como una cosa traía a la otra, aquellos versos le hicieron recordar los días en que ella escondía sus dos palomitas rosadas que ahora se le habían transformado en verdaderos cóndores de alturas: <<¡Qué pedazo de mujer>>, pensó, y sin darle más vueltas al asunto, en cuanto ella se bajó del escenario, se fueron a una noche de retozos y promesas.

La presentación de Lucrecia fue festejada con gran entusiasmo; había sabido transmitir el fervor y la pasión del poema, y la audiencia quedó con la piel erizada. En cuanto se apagaron los aplausos, volvió a subirse el toldo de lona que hacía las veces de telón y pudo verse en el centro del escenario al compañero Barrientos Vera, uno que le decían Maleta Grande, dirigente del Sindicato de Mar y Playa, con un libro grueso en las manos. El hombre, impertérrito, se puso sus antiparras de carey, carraspeó, y comenzó a leer en voz alta, sin piedad, la mala traducción del capítulo séptimo de La Ciencia Moderna y el Anarquismo de Piotr Kropotkin.

<<¡Puta madre!>>, se lamentó uno de los que estaba en la primera fila ante el aburrimiento que se venía, pero el resto del público ignoró la advertencia y escuchó con estoicismo al implacable lector. El capítulo —si bien interesante—, era denso, pesado, largo; y más que nada, inapropiado para una ocasión como la que se estaba viviendo.

Al poco rato, el aburrido de la primera fila no pudo aguantar más y gritó:<<¡Córtela pues, compañero>>, y muchos de los presentes se sumaron a la protesta.

—¡Esto está lleno de bolcheviques! —reclamó Maleta Grande ofendidísimo y se retiró del escenario. Entonces el maestro de ceremonias, de gran experiencia en este tipo de incidentes, apareció de inmediato para anunciar a las hermanitas Salinas.

Las dos cuarentonas, de guantes blancos, y muy elegantes en sus vestidos de tules y fernandina cantaron tomaditas de la mano “Qué será de mi amor cuando te vayas”, canción muy bien recibida, a pesar de que por problemas de ortodoncia —ausencia de algunos incisivos y caninos—, sonaba <<Qué zerá de mi amor cuando te vayaz>>.

Ni el calor encerrado, ni ciertos olorcillos que se confundían con los excesivos Parfumés du le Chili lograron disminuir el entusiasmo de la gente por escuchar a don José Luis, único sastre del pueblo, cantar tangos dramáticos que, por lo tristes, gustaron a rabiar. <<¡Bravo! ¡Bravo!>>, interrumpían, mientras la voz sartorial aseguraba que "El camino me doblaba las rodillas y los recuerdos, como piedras de la vía, no los aguanto máaaaas...”

Más adelante, el ebanista italiano Giussepe Moroni, anarquista vegetariano aquerenciado en Río Gallegos, tampoco lo hizo mal: tocó el vals Danubio azul con su serrucho entre las piernas y un palito que servía para arrancarle lánguidas notas. Ante la urgencia y los reiterados pedidos por otra canción, Moroni se vio obligado a confesar su secreto: <<Scusano, ma non conozco un’altra canzone>>.

Debió repetir su Danubio un par de veces.

Casi al final, a pesar de que se esperaban los versos sobre princesas tristes y juventudes divinos tesoros en la voz del maestro Vicente Guerrero, el público tuvo que resignarse a la ausencia del recitador y a que los intereses de la revolución impedían su presencia en la velada. La sola mención de su nombre recibió una cerrada ovación, especialmente por parte del linotipista, que a esas alturas escuchaba afirmado de una columna, abrazando con cariño una botella de grapa.

La velada concluyó entre los gritos combativos y los puños cerrados del público con el sainete didáctico—ideológico "Los ricos son como perros hidrófobos”, cuya trama glorificaba el trabajo y condenaba el capital y la religión. Era una obra interactiva, de final feliz, donde el público insultaba a los explotadores y aplaudía a los explotados.

El maestro de ceremonias cerró el acto con la lectura de un decreto del Comité de Críticas y Autocríticas que le cambiaba el nombre a las calles del pueblo: la Valdivia pasaría a llamarse "Conciencia Obrera"; la Bulnes, calle "Solidaridad"; la plaza de armas sería "Plaza de las flores" y el humilde chorrillo, "Río de los Nibelungos", en reconocimiento a la presencia alemana en la historia del pueblo.

Pero, aquello fue sólo el comienzo.

Le siguió el infaltable baile que sería recordado por años, más que nada por su abrupto final.

Anunciada con gran algarabía, la orquesta del flaco González y sus Caribeños se presentó en mangas de camisa arrepolladas y sombreros de cartón pintado. Al cantante le habían pintado unos bigotes, efímeros y abundantes, con corcho quemado que no habrían de resistir por mucho rato el calor de la sala.

Como de costumbre, los hombres y las mujeres se ubicaron separados a ambos lados de la pista, y se clavaron las miradas a la espera de que la música diese la orden de partida.

Por fin, las maracas, matracas, tambores y otros instrumentos de aquellos boricuas antárticos, rompieron la atmósfera del salón y todos saltaron al ruedo con sorprendente energía.

¡Cómo le gustaba bailar a la gente!

Como si el mundo se fuera a acabar, nadie perdía vuelta ni ritmo, a pesar de que las bebidas se fueron terminando y los maquillajes se corrían con los sudores.

De pronto, inesperadamente, como a eso de las seis, cuando la luz del nuevo día se colaba por las ventanas, la ”jodida realidad” se hizo presente: un silbido agudo, inexplicable, que pasó por encima arañando los tejados de la casas y terminó en espantoso estruendo junto al mar, interrumpió la orquesta del flaco González que en ese momento tocaba el popularísimo "Corrido de los 400 maricones".

—¿Qué pasa? ¿Qué fue eso? —González tenía el sombrero de jipijapa en las manos y la incertidumbre en la mirada.

—Un cañonazo, compañero artista —respondió el maestro de ceremonias y sin perder la calma, se encaramó en el escenario:

—¡Comenzó la guerra, compañeros! Todos a sus puestos de combate…
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