Publicado: martes, 02 de agosto de 2011 - 11:05 hrs.
Varios amigos “me han pedido” publicar otro capítulo de la novela inédita
El país de los árboles torcidos (“¡Qué chamullento eres!, me reclama mi propia conciencia).
Así es que con mucho gusto, ahí les va el capítulo XI, acaso el más cursi de todos.
Para mejor comprensión, digamos que sirve para presentar a uno de los personajes de la novela, el maestro anarquista Vicente Guerrero, que tiene un parche negro en el ojo, y será uno de los líderes de la famosa toma de Puerto Natales a comienzos del siglo veinte.
No sé si será necesario insistir en que todo esto es pura ficción (mentiras) y que no servirá de mucho a aquellos puristas de la historia.
Capítulo XI:
¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa Me acuerdo como si fuera hoy: el tren en marcha me dejó envuelto en una nube de humo, así es que al cabo de un rato, a medida que el vapor se disipaba, fui apareciendo.
Recién entonces el guardagujas me pudo ver con mi sombrero blanco, la gabardina anacrónica y una maleta que de tan flaca apenas se mantenía derecha. Me quedé ahí por un rato observando el paisaje y, claro, viendo lo que vi, no me fue difícil convencerme de que había llegado al lugar más apacible del país.
La campiña del centro de Chile, ha de saber usted, ofrece un silencio vespertino y un aroma a campo puro que provoca sentimientos de paz indescriptibles. Para serle sincero, aquello parecía un plagio de las malas canciones folclóricas, esas cuyas letras privilegian el estereotipo a la poesía: vi carretas, sauces llorones, campos de trigo, un chorrillo cantarín que serpenteaba el poblado y rosales que mordían las piernas de los trenes. Y ni qué decir de esas casas blancas de tejas rojas, pródigas en pájaros y flores; y por supuesto, de su horizonte invisible aplastado por la cordillera de cimas amerengadas.
Ahí mismo se me ocurrió que podría enseñarle a mis alumnos el verbo merengar. ¿Existiría?, me pregunté. Habría que buscarlo en el diccionario. En realidad, qué poco sabemos los seres humanos, ¿no cree?
«¿Dónde podría encontrar al señor Subdelegado?», le pregunté al guardagujas mientras me sacudía el resto del humo y estiraba la gabardina arrugada por tantas horas de tren.
—En este pueblo, el Subdelegado, el Jefe de ferrocarriles y hasta el Comandante de bomberos es la misma persona: un servidor —me respondió mientras cerraba la ventanilla de venta de boletos y salía hacia el lado del público por la puerta plomiza con la mano extendida para saludarme—. ¿En qué puedo servirle?
«El Ministerio me mandó a educar niños, y mi nombre es Vicente Guerrero —le dije—, y traigo instrucciones de reunirme con usted, señor Subdelegado, porque no tengo dinero y los sueldos ya llegarían. ¿Así es que es Comandante de bomberos? ¿Sería posible que yo también fuese bombero...? ».
—Lo estábamos esperando, maestro —me dijo el Subdelegado, y mientras caminábamos rumbo a la pensión, me fue explicando que mi venida había sido producto de las influencias en la capital de don Edmundo Bengoechea, «El dueño de toda esta belleza», agregó.
—¿Incluyendo la cordillera de los Andes? —le pregunté un poquito por joder.
—Incluyendo la cordillera de los Andes —respondió con toda seriedad—. Además, es importante tener presente que Don Edmundo es un hombre muy generoso: decidió que los hijos varones de sus inquilinos asistieran a la escuela para transformarlos en hombres útiles a la sociedad. ¿Qué le parece?
—Me parece muy bien —respondí aún atolondrado por el viaje.
La verdad es que a estas alturas todo me parecía bien; hasta la pensión donde me había dejado el guardagujas, que mirando bien las cosas era una porquería: tenía las ventanas rotas, estaba llena de ratones y las gallinas se paseaban por la casa con absoluta libertad.
Pero tenía sus cosas positivas: la dueña era una mujer buenísima que me hacía recordar a mi madre; además, su hija, la Rosita, había sido muy amable y me había ayudado a subir la maleta al dormitorio. Me pregunté cuántos vidrios faltarían en aquel cuarto; o mejor dicho, ¿cuántos no faltarían?, pero no me atreví decir nada.
—Gracias, Rosita —le dije a la muchacha.
—Para servirle, Vicente —me respondió con una sonrisa tan dulce como los duraznos que se veían desde la ventana. Pero, eso sí, me quedó una duda: ¿me había movido el culito intencionalmente al cerrar la puerta o estaría soñando?
El Subdelegado vino a buscarme al caer la tarde, a esa hora en que los merengues de las cimas de las montañas se veían rojizos. Don Edmundo quería conocerme y nos estaba esperando con unas costillitas de cordero lechal, papas asadas, ensaladas de tomate con cebolla, un flan hecho con leche fresca, y, por supuesto, vinos de su propia bodega que embriagaban de sólo olerlos.
—Mire, Vicente, todo esto que usted ve no me lo dieron envuelto en papel de regalo —dijo don Edmundo a los postres, interrumpido únicamente por las cucharadas de flan con rompope que se echaba a la boca—. Cada árbol, cada campo, las viñas —cucharada—, los trigales, todos esos limoneros y siembras que tanto le gustaron, todo, todo, vienen de estas manos.
Aquí invertí mi vida mi juventud, mi inteligencia, mis descansos; mi pasado y mi futuro —cucharada—. No hay un rincón en este lugar que no esté bautizado con la sal de mi sudor: que si la iglesia, que si la estación del tren, la compañía de bomberos, el retén de la policía —cucharada—; que si el Juez Civil para legalizar los polvos de estos fornicadores que traen hijos al mundo como si vinieran con una marraqueta bajo el brazo, que si la escuela...
—Perdone la interrupción, don Edmundo; ¿y qué pasó con el maestro anterior?
—¿El maestro anterior? Ah..., se murió, Vicente, se murió.
—Ya veo... —dije por decir algo.
—Como estábamos hablando, todito me lo deben; pero, claro, a mí no me gusta andar publicando estas cosas, usted comprenderá; pero, fíjese que para mí lo más importante es la educación de los muchachos. Hay que romper ese círculo de ignorancia y derrota que afecta a sus padres; porque estos inquilinos son como niños acostumbrados a que uno haga todo por ellos, ¿sabe?
—Tiene toda la razón, don Edmundo —interrumpió el Subdelegado que había estado callado durante la cena.
—¿En que sentido tengo razón? —el terrateniente le preguntó sin mirarlo.
—En todo sentido, don Edmundo —respondió ruborizado—. Estoy de acuerdo con sus planteamientos.
Entonces, don Edmundo le clavó los ojos sin sonreír, y como conocía los comienzos humildes del guardagujas, aprovechó la oportunidad de recordárselos.
—He aquí, Vicente, un buen ejemplo de lo que quiero decir —indicó levantando el mentón hacia el Subdelegado—. A éste lo recuerdo de niño, con los mocos colgando y sin zapatos, y véalo ahora. No sé si usted lo sabía, pero es Subdelegado, Jefe de Ferrocarriles... Y todo gracias a la educación que le di, ¿exagero, señor Subdelegado?
Sentí que mis testículos estaban a punto de estallar. Hacía rato que me sentía molesto y no adivinaba exactamente por qué. Ahora ya lo sabía: durante las dos horas que llevaba en ese palacete de mal gusto, lo único que había escuchado era un constante e incansable, yo, yo y otra vez yo, de ese señor feudal de mierda, reyezuelo de provincia, que ni siquiera había tenido la decencia de preguntarme algo. ¡No había demostrado el más mínimo interés por saber algo de mí! Habló y habló sin interrupción durante toda la cena y la verdad es que yo no estaba de acuerdo con nada de lo que decía. ¡Nada! ¿Quién les daba derecho a estos miserables de hablar hasta por los codos? ¿Acaso el dinero les mejoraba la inteligencia?
—Con todo lo que usted ha hecho, seguramente la gente debe adorarlo, don Edmundo, ¿no? —le pregunté con mala intención porque adivinaba que a ese caudillo no lo quería ni su propio perro.
—Para serle sincero, no lo creo —me sorprendió con su respuesta.
—¿Cómo así?
—La gente no me quiere. Nadie me mira a los ojos, Vicente; y si alguna vez lo hacen, llego a sentir un escozor en la espalda. Es algo que nunca he entendido. ¿Les gusta el café?
—Mucho, don Edmundo —interrumpió el Subdelegado.
—Mucho —repetí yo, francamente entusiasmado por esa fragancia que impregnaba el comedor.
—Es café carretero, muy fácil de preparar —me dijo—. Todo lo que hay que hacer es poner el café en agua fría, sumergirle las brasas hasta que hierva y después colar el contenido; eso es todo. Así lo toman en la Patagonia. ¿No la conoce?
—No; eso está muy lejos.
—Está lejos y no hay nada de nada; sólo viento y ovejas. Eso sí, es el lugar ideal para esconderse, Vicente. Muchos de los pelagatos que viven por allá son extranjeros fracasados, carroña pura, pero como el gobierno quiere colonizar, a nadie le investigan sus pasados. Pero, volviendo a lo nuestro, le decía que esta gente era desagradecida: les educo a sus hijos, les traigo el médico cuando lo requieren, incluso les he dado, dentro de mis propios campos, terrenitos para que siembren sus cositas, y ¿me creerá usted si le digo que ni siquiera plantan una papa? No, no, no. Este país tiene un problema muy grave: la raza es jodida, Vicente. Yo pienso que hay que seguir trayendo gente de Europa para terminar con la flojera y la altanería. ¿No le parece?
«No, no me parecía, pero me faltaron huevos para decírselo», le confidencié más tarde al señor Subdelegado mientras caminábamos de regreso a la pensión.
El pobre hombre iba sonriendo en silencio, aterrorizado de pronunciarse porque de aquella indigna sumisión dependía su comida. Por fin, después de mucho, me dijo:
—Don Edmundo controla mi vida y la vida de mi familia. Así había sido siempre y así seguiría siendo. Estos terratenientes no sólo mandan en el campo, Vicente, también lo hacen en la ciudad, en el gobierno, en la iglesia, en el ejército y, por favor —me imploró—, esto no lo repita; no volvamos a tocar el asunto. ¿Así es que quiere ser bombero, maestro? ¿Lo había dicho en serio? —me preguntó cambiando el tema.
—Sí —le dije—. Desde niño quería ser bombero. ¿Tienen uniformes?
—Preciosos: chaqueta azul marino, cuello rojo, botones dorados y pantalón blanco; además, casco negro con la escarapela adelante.
Subí a mi cuarto casi levitando para no despertar a nadie. No hubiese sido prudente que en mi primera noche los ruidos incomodasen a aquella familia. Como pude llegué hasta la mesita de noche y tanteé la vela que se erguía en su palmatoria; la prendí, me dejé caer sobre la cama, dí una mirada alrededor y me sentí mejor. Yo no era tan exigente; ya le pondría vidrios a la ventana, unos cuadros por aquí, otros por allá y la cosa mejoraría.
Entonces, antes de dormir, se me ocurrió mirar hacia arriba acaso buscando en el techo el sueño que ya llegaba.
«¡Ay, mamá!» Sentí un escalofrío espantoso en la espalda: colgados de las vigas del techo vi toda una colonia de murciélagos asquerosos que se balanceaban como si estuviesen en el trapecio de un circo. De un salto escapé de la pieza, pálido, desencajado, incrédulo. Recién llegué a controlarme por la mitad de la escalera. «¿Pero qué mierda es esto? ¡Yo no puedo vivir en estas condiciones! ¡Esto es una pesadilla!», me dije.
—¿Qué le pasa, Vicente? —la Rosita me tocó el hombro con mucha suavidad, como tratando de no asustarme; pero yo volví a dar otro salto.
—¡Ay, Rosita; cómo decirle... El cuarto está lleno de vampiros!
—Más bien, murciélagos —corrigió ella con una sonrisa—. No se preocupe; son inofensivos. Véngase que se los espanto.
Y Rosita con toda calma abrió la ventana, se subió a una silla, y con la escoba me espantó los murciélagos.
Pero aquello fue sólo el comienzo de una noche increíble. Pasada la emergencia, nos reímos, conversamos largo rato, nos volvimos a reír, nos relajamos, y cuando nos dimos cuenta estábamos besándonos como locos en la cama. Ya sé, compañero, que estas cosas no pasan todos los días; pero créame, la muchacha me ofreció una y otra vez ese cuerpo magnífico que olía a duraznos.
Dormí como no lo había hecho en años, igual que esos niños que han tenido un día de juegos; al despertarme, si no hubiese sido porque todavía tenía el cuerpo marcado con el rojo de sus labios, hubiera creído que lo de Rosita había sido un sueño. Pero no, ahí estaban las evidencias.
Lo primero que hice en la mañana fue reemplazar con cartones los vidrios que faltaban en la ventana. «No más vampiros en mi pieza, carajo», me dije y bajé al comedor.
La Rosita ya se había levantado y me esperaba para servirme el desayuno. Aquello fue un verdadero festín: pan amasado con chicharrones, mantequilla casera, nata fresca, café con leche.
«Hoy de nuevo, ¿ya?», le dije quedito aprovechando que la buena de su madre había ido a la cocina en busca de la mermelada.
Ella me respondió con una sonrisa cómplice.
Me fui a trabajar, como quien dice, con el estómago lleno y el corazón contento. No podía creer que había encontrado el lugar más perfecto del país. «Algo tendrá que fallar», alcancé a decirme, y aquella frase resultó premonitoria: no pude encontrar la escuela por ningún lado; lo que encontré fue un galpón sin ventanas, con un pizarrón quebrado y descolorido, sin bancas, ni espacio para albergar al centenar de chiquillos que me miraron asustados, bien peinaditos, humildemente vestidos y casi todos sin zapatos.
Los saqué al camino y los alineé por estatura. Le dije a los más petizos que entraran y a los más grandes que volvieran por la tarde. Entonces, sin más pérdida de tiempo, les enseñé lo que pude a pesar de que no tenían libros, lápices, ni nada. Ya pondría a prueba la tan cacareada generosidad de don Edmundo.
A la hora de la cena, me peiné bien y con mi mejor camisa me senté a la mesa para que la Rosita me sirviera, pero ella no apareció y yo no me atreví a preguntarle a la madre para evitar sospechas. «¿Dónde habría ido? Qué cosa tan extraña...».
Comí en silencio y luego salí a recorrer el pueblito.
Como imaginará, no había mucho que ver: el cuartel de bomberos, un par de oficinas públicas, la iglesia de madera, una pulpería donde se vendían aspirinas, monturas para caballos, clavos, calendarios y cualquier otro producto, así fuese el más rebuscado, todo de propiedad de don Edmundo, por supuesto.
Guiado por los sones de un acordeón y unas voces plañideras, descubrí la única cantina del lugar. ¡Vaya sorpresa! Me recibieron con los brazos abiertos; todos sabían que era el nuevo maestro. Se prodigaron las bienvenidas y, claro, los vasitos de aguardiente, mistela y vino que yo aceptaba sin medir las consecuencias.
Muy pronto comencé a sentirme ingrávido, como si mi espíritu se hubiese liberado de sus pesos y complejos. Pedí el silencio que se merecía Rubén Darío, porque ha de saber usted que me gusta mucho la poesía, y comencé a recitar los poemas del bardo inmortal que los parroquianos celebraban casi con lágrimas en los ojos:
«¡Ay! la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina,
quiere ser mariposa...».
Fui el último en abandonar la cantina.
Como pude salté el chorrillo cantarín que serpenteaba el pueblo y me puse a caminar hacia la pensión, cuando de pronto tres sombras aparecieron de la nada.
—La Rosita se mira, pero no se toca ¿oíste? —me dijo una de las sombras.
—¿La Rosita... qué?
—¡Que la Rosita no se toca, poeta de mierda! —y me soltaron un palo a la cabeza, sin piedad, acompañado de un aluvión de empujones y patadas que aceleraron mi caída.
Desperté ensangrentado, con el ojo izquierdo hecho una plasta, sin saber si los mareos eran por los tragos o por la paliza que había recibido. ¡Qué cosa! ¿Qué no era éste el lugar más apacible del país? En una noche había vivido el peor de los absurdos: de héroe de cantina, festejado y aplaudido, había pasado a poeta de mierda, vapuleado sin misericordia por tres malditas sombras.
A pesar de no tener los pensamientos muy claros, comprendí que lo más prudente era largarse cuanto antes de ese lugar donde se comía cordero lechal a cambio de horas de egolatría; se dormía con murciélagos y se terminaba la jornada con el lomo hecho una miseria.
¡Qué lejos y difícil me pareció el camino de regreso! Sin preocuparme esta vez por los ruidos, subí como pude a mi dormitorio.
La Rosita me esperaba: «¡Dios mío, que te han hecho! », y comenzó a lavarme las heridas.
—¿No tienes otra cosa que decirme, Rosita? —demandé.
La muchacha no se pudo controlar; por largo rato lloró con gran sentimiento. Yo seguía sin entender lo que estaba pasando. Por fin, se calmó y me mostró su espalda marcada por golpes brutales recibidos una y otra vez.
—¿Quién hizo esto?
—Don Edmundo Bengoechea. Ese maldito que me ha robado la vida desde que era una niña.
—No entiendo...
—A la fuerza me hizo suya a los catorce años y siguió haciéndolo cada vez que le daban ganas, tal como lo había hecho con otras muchachas.
—Maldito terrateniente. ¡Me dan ganas de matarlo, Rosita!
—No es necesario —dijo y bajó la vista—: Esta noche le partí el corazón con un machete —y volvió a llorar.
La abracé, con cuidado, contra mi pecho y nos quedamos largo rato escuchándonos las respiraciones adoloridas. «¿De verdad que lo mataste?».
—Se quedó con el machete clavado y los ojos fijos...
—¿Qué vamos a hacer? Pronto descubrirán el cadáver.
—Nada, Vicente. Los voy a esperar hasta que vengan por mí y los enfrentaré. Ya no le temo a nada ni a nadie —dijo la muchacha con absoluta serenidad.
—Te matarían. Esa gente no se detiene ante nada —le dije y me quedé pensando.
Quería ayudarla, encontrar una salida: ella era una víctima más de aquel sistema podrido que regía la vida de la gente humilde en los campos del país...
—Ya sé lo que haremos, Rosita: les dirás que fui yo; que lo maté porque... porque a eso había venido, a vengarme, a cobrar cuentas pendientes. Eso es; les dirás que escapé al amanecer...
—¡Jamás lo aceptaría, Vicente! Bastantes problemas te he ocasionado como para involucrarte ahora en un crimen. No, mi amor; yo voy a enfrentarme a ellos.
—¿Me quieres?
—¡Con toda mi alma! —respondió ella—. Tú eres lo único limpio, decente, que he conocido en mi vida.
—Pues como prueba de amor harás lo que te digo. Yo sé de un lugar donde nadie podría encontrarme; un lugar lejano y seguro donde tú y yo podríamos vivir felices, Rosita. Confía en mí, te lo aseguro.
—¿Y dónde está ese lugar?
—Muy lejos de aquí..., muy lejos.
—Significa que no nos volveremos a ver...
—No, Rosita; significa que algún día viviremos juntos allá —le dije, compañero Venancio Soto, y por meses me vine arrastrando aquella promesa; de un lado para otro, escondido, aunque siempre bajando y bajando hacia el Sur, hasta llegar aquí, a Puerto Natales...
—¿Y ahí termina su historia, compañero maestro? —interrumpió finalmente Venancio Soto que lo había escuchado con interés a pesar de todo el trabajo que tenía.
—No… Terminará el día en que pueda reunirme con ella aquí —respondió Vicente Guerrero y se acomodó el parche negro que le cubría el ojo muerto.