Publicado: jueves, 26 de noviembre de 2009 - 13:52 hrs.
Hace poco el diario La Nación volvió a abrir la vieja herida que ha estigmatizado por años a Nicanor Parra: aquella historia de cuando el poeta aceptó desayunar en la Casa Blanca con la mujer de Nixon.
¿Pero cómo hizo eso don Nica, me pregunté?
No me hubiera sorprendido si el maestro Vargas Llosa, a quien amo y odio con la misma intensidad, hubiese corrido a tomar café y comer huevos fritos aquella mañana desafortunada; o que Isabel, la sobrinísima bestseller, hubiese corrido sin asco al Distrito de Columbia; pero que lo haya hecho don Nicanor, es algo difícil de digerir.

En ese tiempo —y no sólo en Chile— muchísimos repudiaron aquel desatino que probablemente nos costará el tercer Nobel (a pesar de que Nicanor Parra bien puede ser, lejos, el mejor poeta viviente).
Cuando leí el artículo pues, y luego de pensarlo bien, me atreví a enviar una carta al diario La Nación de puro metiche, tratando de defender lo indefendible.
Esto es lo que escribí:
“No fue Nicanor Parra quien tomó desayuno con la esposa de Nixon; fue el otro Nicanor Parra, ese que le sujeta la pluma al gran poeta, quien se tropezó en las alfombras de relativo gusto de la Casa Blanca y se comió las galletas sopeadas en la indigna taza de té imperialista”.
(Mi cartita, como es de imaginar, pasó sin pena ni gloria; y como en Pezoa Véliz, nadie dijo nada… nadie dijo nada).
Lo que quise decir no era tan profundo; de hecho, es algo que todo el mundo sabe: en el ser humano coexisten dos entidades: el “yo corporal” y el “yo espiritual”. El primer yo, puede llegar a ser el mismísimo diablo; y el segundo, un “pequeño Dios”.
Todos tenemos algo de eso, creo.
Pero a los famositos, a los grandes, a los inmortales, se les nota muchísimo porque debido a su grandiosidad tendemos a idealizarlos. Los elevamos a la categoría de mitos; incluso, a veces llegamos a pensar “que son nuestros amigos, y no lo son” como sabiamente decía Rulfo en una de sus historias.
¿Evidencias?
He aquí unas cuantas…
No hace mucho, frente a los murales que se exhiben en los patios interiores del Palacio de Gobierno, en México D.F., pensé admirando aquellas paredes que Diego Rivera debe haber sido un ser extraordinario, un inmortal.
Sin embargo, a poco de andar —todo se sabe en esta vida— descubrí que el “yo corporal” de aquel gigante feísimo que Frida llamaba el Sapo, dejaba mucho que desear:

Además de tener un ego más grande que las estancias magallánicas, el hombre fue un cachero de tomo y lomo: como quien no quiere la cosa, “se comió” o “intentó comerse” a todas las modelos que pudo, incluyendo a su propia cuñada.
(La carne es débil, diría un cuatrero en ejercicio de su abigeato).
Parece ser que la María Félix (bellísima e inaguantable) fue la única que lo puso en su lugar. Por lo que se sabe, con ella no sólo se fue cortado, sino que Rivera debió soportar la destrucción del cuadro para el cual la gran estrella posó.
—¿Lo destruyó, María? —incrédulo le preguntó el célebre periodista Ricardo Rocha.
—Sí; era muy feo; lo pinté encima con cal —respondió la diva; y uno se pregunta, ¿cuántos millones de dólares costaría hoy ese cuadro de María Bonita, en pelotas?
Pero la cosa no termina ahí; nuestro muralista también fue un osado ratero: le robó la pluma a León Trostky, que vivía a la vuelta de la famosa Casa Azul de Coyoacán, para firmar su adhesión a José Stalin (¡el más limpio!).
Y como si todo esto fuera poco, don Diego fue uno de los mentirosos más grandes del siglo XX: llegó a decir que estuvo en el Bunker con Hitler en los momentos finales cuando los aliados ya estaban en Berlín.
¿Invitaría usted a este fanfarrón a su casa? En realidad, el filósofo Tertuliano de Fingere tenía mucha la razón cuando decía: “Hijos míos, las cosas no son lo que aparentan ser”.
¿Y qué me dicen ustedes del gran Alfredito Einstein? ¿Otro canalla? ¿Y bueno, de qué otra manera se puede calificar al autor de las siguientes notas enumeradas que le escribía a su esposa?
Juzgue usted mismo:
Mileva, a partir de hoy, te encargarás:
1. De que mi ropa esté en orden.
2. Que me sirvan tres comidas regulares al día en mi habitación.
3. Renunciarás a tus relaciones personales conmigo.
4. No te sentarás conmigo nunca en casa.
5. No deberás esperar ninguna muestra de afecto mía.
6. Deberás abandonar de inmediato mi dormitorio.

El viejo con cara de abuelito dulce, que descubrió la Teoría de la Relatividad y otras huevaditas que nunca he entendido, era un verdadero pájaro de cuentas; un misógino del carajo: “Muy pocas mujeres son creativas. No enviaría a mi hija a estudiar física”.
En estos momentos se discute en algunos círculos científicos que mucho de su éxito se lo debe a su abnegada primera esposa Mileva Maric (física-matemática), que le hacía todas las calculaciones al divo, porque don Einstein no se sabía ni las tablas de multiplicar (aquí exagero un poco, por supuesto; pero sí sabemos que rajó miserablemente en Aritmética cuando era estudiante de liceo).
El genio de la humanidad jamás le dio crédito a la pobre cojita servia, aunque sí debió entregarle hasta el último centavo del premio Nobel , acaso comprando los silencios de Mileva…

Don Miguel de Unamuno (el verdadero autor de nuestra película Fingere) tampoco era una blanca palomita. La soberbia le brotaba por los poros.
Se dice que en una oportunidad fue a agradecer una condecoración que le otorgó el rey de España Alfonso XIII, y muy suelto de raja le dijo:
—Su majestad: en realidad, me la merezco.
Entonces el rey le respondió sonriendo que otros condecorados decían que no se la merecían.
—Y tienen razón —contestó con arrogancia sin límites Unamuno.
Creo que estos ejemplos son más que suficientes.
No voy a hablar de Cervantes, preso por ladronzuelo el pobre;
No voy a hablar de Napoleón, genial petiso que llegó a decir “¡Yo soy Francia!” con toda desfachatez;
No voy a hablar de Quevedo, gran poeta; envidioso por antonomasia;
No voy a hablar de José Camilo Cela, el peor premio Nobel de la historia;
No voy a hablar del nicaragüense Rubén Darío, mister soberbia; No voy a hablar de Picasso, otro limpio;
No voy a hablar de Rodín, el peor de los peores, y si no pregúntenle a Camille Claudel, su amante y alumna…
Moraleja:
Paisano magallánico, ni por broma te acerques a los famosos; disfruta su arte, su inteligencia, su esplendor, su “yo espiritual”; pero, ni siquiera se te ocurra dirigirles la palabra; que se jodan, que se vayan todos al buen carajo…
(Y de paso, olvidemos la caída de Nicanor Parra, que al fin y al cabo, es un buen hombre y aquello del desayuno bien pudo haber sido una tomadura de pelo a Nixon y a su cáfila de amigotes).
Fuentes:
• La Nación, edición de noviembre del 2008.
• La fabulosa vida de Diego Rivera, Bertram D. Wolfe, Edit. Diana, Méx.
• La mujer detrás de Einstein” La Jornada, Méx. 1/4/91
• Cartas a su novia Mileva, Princeton University Press, 1987
• El español y los siete pecados capitales, Díaz-Plaja, Alianza, Madrid, 1971
• Para gente grande, Ricardo Rocha, Televisa, México, 2001
Alejandro Ferrer Fernández
Profesor Universidad de San Agustín y Escuelas Públicas de Chicago, USA