Publicado: lunes, 30 de enero de 2012 - 17:37 hrs.
(‘Les murs ont la parole’ - Francia, 68)
Las murallas, la pared blanca, el tronco de un árbol —para los enamorados— y ahora el ‘screen’ de una computadora… tienen ese qué sé yo ¿viste?
Nos invitan a expresar, a raya limpia o a grito destemplado, nuestras curiosidades, afectos, y también nuestras indignaciones (que no son pocas).
¡Qué hermosas superficies! Están por todas partes, sin mácula, lisitas, brillantes como bola de perro, dirían los ovejeros; eso sí, marcadas por el designio de la manzana bíblica, que no es otra cosa que la vieja e irresistible tentación a meterles mano.
Frente a un muro, especialmente en los tiempos que nos ha tocado vivir, uno se pregunta a quién no se le hace agua la boca por empuñar un pincel o apretar un aerosol en las noches clandestinas…
Esta disposición del ser humano por manifestarse no es tan nueva como pueda creerse: nos viene de la prehistoria. Aunque parezca una contradicción, hay quienes aseguran que el hombre ya escribía mucho antes de la invención de la escritura.
Y las evidencias son contundentes:
Es cosa de ponerse a mirar y admirar las paredes de la “Gruta Fell” o de la “Cueva de las Manos”, aquí en la Patagonia, donde las rocas nos hablan con bellos dibujos que sin duda representan un claro deseo por comunicar algo.

Me gusta pensar que esas dramáticas manos bien podrían ser gritos de protesta contra el olvido:
“Señores turistas, sepan que yo viví”; “Toda comida se comparte”; “A los niños los queremos como propios”; “Aún no tenemos dioses, pero pronto los crearemos”.
Fueron los sumerios (el vapuleado Irak de hoy) quienes consolidaron la escritura y con ello el comienzo de la Historia. A partir de aquel momento —5 mil años atrás—, existen registros que nos permiten conocer jugosas anécdotas sobre la fascinación del hombre con la escritura. Como ésta que es poco conocida (creo):
Hace ya algún tiempo cayó en mis manos de estudiante “La historia verdadera de la conquista de la Nueva España” del cronista de Indias Bernal Díaz del Castillo.
Este asombroso libro consigna que en 1521 Hernán Cortés —piojo resucitado y primo de los más limpios: los Pizarro del Perú— fue testigo y víctima de los primeros graffitis de América en las propias paredes de su casa.
Sucedió que el conquistador —que había ofrecido el oro y el moro— al término de la batalla de Tenochtitlan se atrevió a pagarles a sus soldados con “semillitas de cacao”.
—¡Joder… semillas de cacao? —se habrán preguntado los Venancios, Amandios o Manolos de aquellas jornadas bélicas mientras miraban incrédulos las pepitas de marras en sus manos.
El anciano cronista Bernal Díaz no menciona los nombres, pero sí los hechos: uno de los guerreros de Cortés, seguramente doblegado por la tentación de aquellas paredes blancas, escribió en verso durante la noche:
“¡Oh, qué triste está el ánima mea,
hasta que el oro no vea!”
A lo que con toda desfachatez el capitán español simplemente respondió: “Pared blanca, papel de necio”.

Y como los rayados murales continuaban, días más tarde congregó a sus huestes y a grito limpio les ordenó que cuidaran sus bolitas de chocolate y que “No escribieran maldades y abandonaran la práctica pues castigaría a los ruines desvergonzados” (y ya se sabe el tipo de castigos que solía infringir el Marqués del Valle de Oaxaca).
Esta anécdota del siglo XVI pareciera reciente si se la compara con otra que me contó mi amigo, el poeta Mauricio Feller:
En el año 1800 antes de Cristo se produjo lo que bien podría ser la primera huelga en la historia de la humanidad.
Sucedió en Egipto durante la época de la construcción de pirámides.
El enorme número de trabajadores involucrados en aquel megaproyecto recibía al día, entre otros beneficios, una cantidad significante de cabezas de ajo. Al recortar el Faraón la distribución de este apetecido producto, los trabajadores suspendieron sus labores y algún escriba se atrevió a plantear las quejas.

El documento escrito en papiro y encontrado en las cercanías de la
necrópolis de Saqqara manifestaba lo siguiente:
“Señor Faraón, exigimos la normalización
del suministro de ajo a todos los trabajadores
y un bono especial de 50 cabezas por familia”.
Ni más ni menos lo que podríamos llamar “La huelga del Ajo”, que entre paréntesis me hace recordar la protesta del dirigente sindical natalino Osvaldo Bustamante contra la Explotadora de Tierra del Fuego exigiendo “3 papas corailas en la sopa en lugar de 2”.
El recordado Osvaldo, no sólo le torció la muñeca a los señores de la Explotadora, sino que también se ganó (¡y de por vida!) el sobrenombre heredable de “Tres Papas”, y el cariño de miles de esquiladores, ovejeros y campañistas, quienes bien saben —y esto es pura matemática— que una cazuela es más contundente y sabrosa con tres papas que con dos.
Pero volviendo al ajo, se me ocurre que habría que seguir escarbando en el desierto en busca de la respuesta al desafío del escriba egipcio. Mientras esto no suceda, tendremos que conformarnos con dos tipos de finales hipotéticos para esta historia:
1. El Faraón reprimió —a lo Hinzpeter— a los trabajadores, o…
2. Los trabajadores recuperaron su cuota de ajo; ganaron la huelga, y las pirámides se construyeron para beneficio de los miles de turistas que hoy visitan Egipto y se sacan fotos montados en camellos.
Me inclino por esta última opción.
La extraordinaria relación de los egipcios ahondó aún más mi curiosidad por conocer otras historias que pudiesen resultar interesantes.
En momentos así es cuando uno más aprecia las posibilidades del Internet en cuanto a fuente de información inagotable. A poco de navegar me encuentro con los “compañeros” chinos que allá por los años cincuenta —Mao mediante— se atrevieron a graffitear algunas críticas que tuvieron corta duración.
“Al camarada Jiang le cantan los pies cosa mala”, decía uno de esos que seguramente no le gustó nadita al “camarada” nombrado.
Por supuesto que al día siguiente apareció en el mismo mural una lacónica advertencia:
“Lo estáis haciendo bien, pero no os paséis”.
Estos intentos autocríticos pararon ahí mismo; sin embargo, sirvieron de ensayo para lo que vendría más adelante: el famoso “Muro de la Democracia” durante la Revolución Cultural, y cuyas denuncias le costaron a más de uno pasearse por las calles con humillantes cucuruchos sobre la cabeza antes de partir a sembrar arroz en los campos o a pelar papas en las cocinerías.

Y ya que mencionamos a Mao Tse Tung, es bueno recordar que China fue uno de los primeros países en reconocer la DICTADURA de Pinochet; es más, a los pocos días del golpe expulsó al embajador de Allende, el poeta Armando Uribe. En Santiago, la embajada de Mao cerró sus puertas a los perseguidos políticos y en las Naciones Unidas jamás apoyó las acusaciones que denunciaban los crímenes de lesa humanidad cometidos por el DICTADOR. ¡Exijo una explicación!, diría Condorito.
Bueno, para terminar digamos que en realidad el tema del encantamiento de los seres humanos con la escritura da para decenas de libros, ensayos, artículos o columnas apuradas, como ésta.
Permítanme retirarme con una de las sentencias más extraordinarias que he leído últimamente y que bien merece replicarse en todos los muros de los países —como el nuestro— atacados por la voracidad neoliberal.
Viene de la mano del gran poeta Nicanor Parra:
Alejandro Ferrer Fernández
Profesor Universidad de San Agustín y Escuelas Públicas de Chicago, USA
No se desaparezca compañero.Mire que así las cosas va a pasar harto tiempo antes de darse otro paseíto por el condado de Evanston.