Publicado: jueves, 02 de febrero de 2012 - 10:42 hrs.
Lo primero que es necesario dejar en claro es que la educación, en cualquiera de sus niveles, no es gratis. Tiene costos, en tiempo, recursos humanos, financieros, o ambos.
La pregunta relevante para la sociedad es ¿Quién debe asumir estos costos?.. y la respuesta a esta pregunta está determinada por la respuesta a una pregunta previa, a saber, ¿Qué es la educación para una sociedad? Para ésta solo hay dos alternativas: Se trata de un derecho que la sociedad garantiza a todo ciudadano, independiente de su condición social y patrimonial, o se trata de un bien transable más en el mercado, al que se accede en la medida que se dispone de recursos para adquirirlo.
Por definición, si se trata de un derecho, no puede exigirse al educando que lo pague, tenga éste o no los medios para cancelarlos, porque en el mismo momento en que paga, cesa de ser un derecho y se convierte en un privilegio.
La situación real de la educación en Chile es la consagración de la hipocresía: Se declara la educación como un derecho de rango constitucional, pero al mismo tiempo se exige su pago al educando, con algunas excepciones. El planteamiento original de los estudiantes exigiendo gratuidad de la educación para todos, es exactamente lo que debe defenderse a todo evento: Las estupideces planteadas por voceros de todo el espectro político, intentando argumentar que es imposible, que no puede financiarse, que el país no tiene recursos suficientes es una torpe mentira, que desconoce el hecho cierto de que los recursos están, para todos los niveles educacionales. El tema de fondo es que estos recursos provienen hoy día mayoritariamente de los propios educandos o de sus familiares. La educación debe ser gratuita para todos quienes estudian y es responsabilidad del Estado cancelar esa cuenta.
Lo que realmente argumentan quienes afirman que la educación no puede ser gratis o que no hay recursos del Estado para pagarla, es que el actual Gobierno, al igual que todos los gobiernos previos de la Concertación, no está dispuesto a respetar la condición de “derecho” a la educación que tienen todos los ciudadanos chilenos. No hay doble lectura al hecho que, si el educando o su familia deben pagar, aunque sea parcialmente por su educación, no se trata de un derecho, sino de un privilegio reservado para quienes tienen dinero para costearla.
En mi opinión, aparte de los asesinatos, las torturas y la desaparición de personas, el legado más nefasto de la dictadura de Pinochet fue la destrucción del sistema educacional chileno, mediante el simple arbitrio de convertir a la educación en un producto más, transable en el mercado al igual que el pan, el licor, el sexo, o cualquier otra cosa que requiera ser cancelada por el usuario.
La enormidad de esta barbarie va mucho más allá de permitir que el mercado sea el que determine quién se educa y quién no: De golpe y porrazo, el zarpazo de la dictadura transformó a la inversión de mayor rentabilidad social para cualquier Nación, en un poderoso instrumento de discriminación y segregación societaria. A diferencia de la inmensa mayoría de los transables en el mercado, que benefician exclusivamente al adquiriente, la educación beneficia al conjunto de la sociedad, al igual que la salud.
A veinte años del retorno a la democracia, es una verdadera vergüenza que aún mantengamos esta lacra: Que el sistema educacional sea un argumento de consolidación e intensificación de la discriminación social, en lugar de un instrumento para promover el desarrollo de nuestra sociedad y del bienestar de todos los habitantes.
Es una vergüenza para todos los gobiernos de la Concertación y también lo es para el actual, en tanto continúe esgrimiendo argumentos falaces para mantener oculta la crisis de fondo de la educación chilena, desnudada por los miles de jóvenes que no vacilaron en poner en jaque su propia formación para intentar asegurar un mejor futuro para Chile.
En mi opinión, estamos frente a una generación excepcional de héroes, encabezados por los Camila Vallejo, los Giorgio Jackson, los Francisco Figueroa, y todos quienes han tenido el coraje de levantar voz y presencia para defender sus principios y los derechos de los miles de anónimos sin voz en nuestro país y en el mundo.
Por favor, no claudiquen en su causa ni desmayen, que son ustedes portavoces de la causa de todos: Recuerden finalmente que lo verdaderamente difícil no es hacer lo correcto, sino dejar de hacerlo una vez que se ha tomado conciencia de qué es lo correcto. Y ustedes lo saben.
José Vera Giusti